viernes, 7 de julio de 2017

SAN JUAN SIN LUNA





Quise entrar al mar y tocar el horizonte.
Quise quedarme ahí hasta que me salieran branquias.
Quise seguir caminando hasta que mis pulmones se acostumbraran o simplemente, dejar de respirar.

Me quedé mirando, enajenada del mundo, ausente de mi misma, el correr de las horas, y el tamborilear de los segundos en el entrecejo, sin mover un músculo, porque ya no estaba. Creo que nunca estuve. Era una cáscara de la que solía ser, vacía por dentro y tan frágil ante la amenaza de una exhalación, que los resquebrajos se comenzaban a notar sin prisa. Me convertí en espacio cargado de desesperación y angustia, oscuro cuando la reverberancia de la luz aparece, e infertil para la alegría. Hace tiempo, casi una vida atrás, fue que parí la última... Las risas desde entonces, son todas mentirosas para aminorar el batallón de preguntas que se puede levantar si alguien se enterase de lo que ocurre: Caos y muerte.

Quise entrar al mar y congelarme...

El mundo pasaba por mi lado sin darme cuenta, sin importarme un carajo el agotamiento de la paciencia de los espectadores. Pasaba y se me iba la vida.
Pasaba a conciencia del desperdicio, sin embargo, no me moví. Él miraba sin decir palabra alguna. Yo sabía que me observaba. Me sentía segura, con esa certidumbre que nadie me prometió, de saberlo dispuesto a salvarme por si atacaban las ganas maliciosas de plantarme un tiro en el medio de la cabeza. Sabía que me detendría

Quise quedarme ahí y echar raíces, con él al lado, pese a que nunca se lo dije. Yo me quedé...


Amenazas de porvenir repleto de mierda, se levantaban por el oeste, disfrazadas de esperanzas caducadas antes de ser ofrecidas. Una sucesión de mañanas inagotables, impuros y con brío, llegaron de golpe sin darme tiempo de defenderme con estrategia de contraataque. Masacre por todos lados. Cadáveres de días, sangre pastosa extraída de los relojes regando el pasto, metrallas de segunderos incrustados en las paredes, mis ojeras tocando el piso, y mil heridas imaginarias al pensamiento degenerándose en demencia temprana. Cuando bajé los brazos, ya no estaba.

Gasté tanto tiempo tratando de mantenerme a flote, temiendo ser consumida por el abismo del futuro incierto, pese a la reberverancia de la vida misma, que no sé cuando se fue.
Yo pataleaba por no sucumbir ante lo desconocido. Me aferraba a los restos de cordura resagados para poder darle un sentido a tanta deprivación. Yo había dejado todo con tal de vencer. Incluso lo olvidé por un instante... Fue estúpido pensar que al voltear estaría ahí... Fue estúpido pensar que me rescataría...De mí.

Hoy quise volver a entrar al mar, y sentir, por dos segundos tu ojos sobre mi hombro, cuidando mis pasos...
Aquí no hay mar...


ESCRITO POR: FRANCISCA KITTSTEINER



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